Fundamentalismo y extremismo político

Fundamentalismo y extremismo político

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El excelente análisis del proesor Michael Trainer sugiere que, en respuesta a la actual crisis política y religiosa, muy preocupante, deberíamos recurrir a la sabiduría de nuestras tradiciones interreligiosas judeo-cristianas y nuestro diálogo. Esto puede ayudar a crear un clima sociopolítico para buscar la paz y criticar una agenda política y religiosa obsesionada con el extremismo.
“Los líderes”, escribe el profesor Trainer, “parecen alejarse de compromisos políticos y encuentros sociales sanos y mesurados”. Dejar los salarios congelados mientras el capital crece rápidamente es echar gasolina al fuego. Esto nos recuerda la observación del reverendo Martin Luther King Jr. de que en los Estados Unidos hay “socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres”. En esto se basa mi meditación sobre la contribución de Michael Trainer.
En las tres últimas décadas, la religión fue criticada como causa de guerras y odio, y también reconocida como una inigualable fuente de significado. La cáustica observación de Jonathan Swift: “Tenemos suficiente religión como para odiarnos unos a otros pero no la suficiente como para amarnos unos a otros” sintetiza la primera posición y parece tan  pertinente en la actualidad como en la época de Swift (1667-1745).
Desde los ataques del 11 de septiembre a los Estados Unidos se publicaron muchos libros que reforzaron la posición de Swift. Autores como Richard Dawkins, Daniel Dennet, Sam Harris, Stephen Hawking y Christopher Hitchens quieren mostrar, en cierta forma, los defectos o la irrelevancia de la fe religiosa.
En general, sus libros son nietos espirituales de la interpretación sesgada de Sigmund Freud sobre la religión como una ilusión. En el mundo moderno, y también en el posmoderno, la religión es ridiculizada por haber perdido supuestamente su credibilidad.
Sin embargo, una de las verdades que surgen de la matanza del 11 de septiembre y de la demografía rápidamente cambiante de los Estados Unidos es que las certezas tradicionales sobre la civilización han sido seriamente impugnadas. Agreguemos a esto el miedo a la inmigración que agita a Europa, que generó alternativamente la política de la rabia y el estilo paranoico de gobierno que apela a las emociones y rechaza la razón. La religión también sufrió una gran transformación. Aparece con frecuencia en forma de fundamentalismo: una creencia que absolutiza lo que según determinado grupo de creyentes es la Verdad y que enfrenta a los “verdaderos creyentes” con el otro, definido como un no-creyente o un secularista.
Las versiones fundamentalistas de la religión están aumentando. Cuando se combinan con el populismo político, constituyen un doble ataque a la racionalidad. El sociólogo Peter Berger sostiene que la Modernidad “tiende a subvertir las certezas con las que vivió la gente durante la mayor parte de la historia”.
“Esta es una realidad incómoda”, afirma Berger, “y, para muchos, intolerable, y los movimientos religiosos que aseguran ofrecer certezas resultan muy atractivos”.
Por supuesto, no hay mayor certeza que la que posee el fanático. Berger argumenta en forma sagaz: “Muy probablemente, en el mundo moderno, la religión promueve a menudo la guerra, entre naciones o dentro de ellas”.
Pero como se sabe, la religión es un arma de doble filo. Por un lado, la religión puede servir como un “palio sagrado” para adherentes, al proveer una “estructura plausible” contra el absurdo del mal, además de darle sentido a sus vidas y un propósito transcendente a su muerte.
Pero por otro lado, la religión también puede ofrecer una justificación para el terror y los asesinatos en masa de aquellos que son definidos como religiosamente infieles o irremediablemente otros.
La religión también puede ofrecer una llave vital para abrir la puerta hacia una coexistencia pacífica. En 1989, en una conferencia de la UNESCO sobre la paz mundial y el diálogo entre religiones, el pensador católico Hans Küng señaló con precisión: “No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones, pero no puede haber diálogo entre las religiones sin que cada religión reexamine sus supuestos básicos”. Esta poderosa afirmación de Küng es tanto un estímulo como una advertencia.
Por una parte, llama al pluralismo religioso. La modernidad significa interacción entre pueblos y culturas que antes estaban aislados unos de otros.
Existe una necesidad de aprendizaje mutuo y enseñanza informada. Por otra parte, sus palabras suenan como una advertencia contra afirmaciones triunfalistas. Después del Holocausto y otros genocidios, ninguna religión que reivindique determinadas ideas morales puede arrogarse un monopolio cognitivo en cuanto a la verdad teológica o la salvación.
Otro importante punto primario sobre el fundamentalismo religioso contemporáneo. El pluralismo religioso y la propia modernidad se encuentran seriamente atacados por  absolutistas religiosos que no tienen interés en el diálogo. Así como la cultura secular que, sin reconocer límites, termina con frecuencia en tiranía y fascismo, los adherentes a la religión fanática están convencidos de que solo ellos conocen la verdad teológica. Esto da lugar a enseñanzas triunfalistas. Los fanáticos están convencidos de que actúan en nombre de su Dios o, peor, que ellos mismos han reemplazado a su divinidad. Si uno tiene todas las respuestas, no necesita diálogo.
En este momento histórico nos enfrentamos a un gran rechazo al objetivo de universalismo de la Ilustración y a un giro hacia un tribalismo exclusivista que promueve odio hacia el otro o, en forma igualmente destructiva, indiferencia. La modernidad ofrece tecnología sofisticada, pero parece incapaz de proveer sentido. La religión les ofrece una identidad a sus adherentes. Pero cuando esa identidad degenera en una concepción del mundo del tipo “nosotros contra ellos”, se produce tensión en vez de diálogo. Esto se ve con claridad en el caso de los migrantes, convertidos en los temidos otros, catalogados como criminales contra los que se debe luchar.
Al salir de la devastación de la Segunda Guerra Mundial y el horror del Holocausto, las democracias occidentales trazaron un camino que, en su mayor parte, contenía valores progresistas en lo económico, lo político y lo religioso. Pero la erosión de esos valores progresistas empezó a aparecer en los tres ámbitos. 
En los Estados Unidos, el importante libro del rabino Jim Rudin de 2006 The Baptizing of America se refiere a la oposición de los fundamentalistas a la separación entre la Iglesia y el Estado. Derribar ese muro de separación significa que la política tiende a subordinarse a la religión.
Los que pretenden bautizar a los Estados Unidos reivindican la inerrancia bíblica: si existe algún conflicto entre la Biblia y la Constitución, se les da prioridad a las afirmaciones bíblicas. Pero allí no hay nada que se parezca a un estudio bíblico científico. La supremacía bíblica se basa en lecturas fundamentalistas del texto.
En forma paralela a todo esto, se produjo una falta de confianza en los políticos y la democracia política. Asesinatos presidenciales, renuncias, impeachmentsy el avance del Tea Party generaron un cinismo que constituye un suelo fértil para el surgimiento de populismos. Hace mucho tiempo, Martin Luther King Jr. señaló tres males en la sociedad norteamericana: el racismo, el excesivo materialismo y el excesivo militarismo. Estos tres cánceres siguen creciendo.
Hay algunas buenas noticias para comunicar. Por supuesto, se hicieron oír algunas voces progresistas. Abraham Joshua Heschel, profesor de misticismo judío y ética social en el Seminario Teológico Judío de América, marchó junto con el doctor King en Selma. Luego, Heschel observó: “Incluso sin palabras, nuestra marcha fue una plegaria. Sentí que mis piernas rezaban”.
El gran pensador protestante Reinhold Niebuhr escribió: “La capacidad del hombre para la justicia hace que la democracia sea posible, pero la inclinación del hombre hacia la injusticia hace que la democracia sea necesaria”. De estos ejemplos, se aprende que la agudeza teológica debe unirse con una acción ética práctica en la esfera política. Esto incluye la importancia del voto, que es un pilar del proceso democrático.
Pero los desplazamientos provocados por la economía, el desempleo, una brecha cada vez más grande entre ricos y pobres, y la impresión que tienen los menos afortunados de ser ignorados por las elites se combinaron, formando un clima propicio para gente como el señor Trump. En su declaración senatorial en Illinois, Abraham Lincoln describió la situación en términos poéticos: “Una casa dividida”, dijo, “no puede mantenerse en pie”. En el nivel micro, vemos los tristes resultados de las palabras proféticas de Lincoln en los Estados Unidos, donde el espectáculo de la desaparición de la urbanidad y el aumento del odio es demasiado prominente. En el nivel macro, vemos que esas mismas fuerzas actúan en la Unión Europea y en el incremento de movimientos políticos de extrema derecha, antidemocráticos y xenofóbicos.
Me impactó la referencia de la profesora Judith Frishman a este “triste momento” en su discurso de apertura. Realmente, es un momento triste. 
En 1942, Albert Camus escribió una novela en una granja cercana a la aldea de Le Chambon-sur-Lignon, donde cinco mil aldeanos protestantes (hugonotes) salvaron a cinco mil judíos. El título de la novela era La peste. El libro relata hechos ocurridos en Orán, una ciudad invadida por ratas que salen de sus escondites subterráneos y propagan una plaga entre los aterrados residentes del lugar. Después de una larga batalla y muchas fatalidades, las ratas desaparecen y los habitantes de la ciudad festejan jubilosamente. Pero el Dr. Bernard Rieux, el heroico médico de Orán, sabe que en algún momento, las ratas volverán a aparecer.
La peste es una parábola sobre el antisemitismo y el nazismo. Creo que no está demasiado lejos de la realidad sugerir que las ratas, simbolizadas por los nombres con los que Michael Trainor inició su discurso –Donald Trump, Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Xi Jinping, Kim Jong Un y Rodrigo Duterte–, volvieron a aparecer. No estoy llamando ratas a esos hombres. Pero creo que tienen instintos de roedores para sembrar miedo y discordia. Aprovechando la angustia y la intranquilidad populares, exacerban, en vez de serenar, los sentimientos de malestar, sobre todo en lo concerniente a los inmigrantes.
¿Qué pasos hay que dar para combatir el extremismo y el fundamentalismo? La profesora Ruth Langer señaló que todas las ramas del judaísmo se unieron (un fenómeno casi mesiánico) para protestar contra la cruel y despiadada medida del presidente Trump de separar a los niños migrantes de sus padres: una forma de secuestrarlos. Coaliciones de grupos católicos y protestantes se unieron contra conductas y acciones racistas y antisemitas. Otra señal alentadora fue que se unieron secularistas y altruistas no-religiosos en una fuerte lucha contra el extremismo.
Una última observación.
Rebbe Nachman of Bratslav, bisnieto de Israel ben Eliezer, fundador del movimiento jasídico y precursor de Franz Kafka, dijo: “No hay corazón más entero que un corazón roto”. Tomo estas palabras para decir, en la actual crisis, que si conocemos lo peor, podemos luchar con más fuerza por lo mejor.
Este es el desafío crucial de nuestro tiempo.