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La mayor deuda de la historia argentina

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Uno de cada dos niños en nuestro país es pobre. Este dato surge de dos recientes informes. El primero de ellos es de UNICEF, la institución de las Naciones Unidas que protege los derechos de los niños y el segundo es de la UCA, quien mediante su Observatorio viene hace varios años monitoreando lo que ellos denominan con acierto “la deuda social” de nuestra República.

Los datos describen una tragedia nacional: la pobreza y la indigencia han crecido y alcanzan hoy al 33% de la población pero, lo que es más grave aún, es que entre los habitantes de nuestra Nación de 0 a 17 años, esa cifra se eleva veinte puntos y alcanza al 52%. Esto quiere decir que de cada dos niñas, niños y/o adolescentes en Argentina, uno de ellos sufre de no tener lo mínimo para sus necesidades básicas.

Más allá de la cifra exacta que este porcentaje supone sabemos que son millones y millones de menores afectados que incluyen a más de un millón de ellos en riesgo alimentario (en el país que vende alimentos para más de 400 millones de personas…).

Estas cifras son todavía más dolorosas si sumamos los resultados educativos de esos menores mencionados: seis de cada diez de los alumnos que llegan al último año del Secundario y que pertenecen a los niveles socioeconómicos más bajos no pueden leer un texto simple, y nueve de esos diez son incapaces de resolver un ejercicio sencillo de matemáticas.

La gravedad de esta conjunción de malas noticias es proporcional a la vergüenza que se siente al repasarlas: más del 50% de los menores son pobres en nuestro país y dentro de ese marco el 60% no puede leer y el 90% no puede hacer un cálculo matemático.

Este no es solo un problema social, es una tragedia existencial de nuestra Argentina. Veamos porqué y qué podemos hacer para revertirla. Cuando un puente se desmorona el mismo no se cae por el peso promedio que su estructura puede aguantar si no por la calidad de aquel segmento del puente que tiene menor resistencia.

Se aplica en este caso aquel principio que nos dice que una cadena es tan fuerte como lo es su eslabón más débil. Pues la sociedad argentina enfrenta hoy este problema. La magnitud de su debilidad es crítica. Que la mayoría de los menores argentinos de 17 años sea pobre y no pueda leer ni sumar es una muestra del riesgo de derrumbe del futuro de nuestra Nación. Ese futuro depende de esta parte del “puente” o de este frágil “eslabón” que conforman los menores antes aludidos y que nos hemos acostumbrado a ver en su impotencia. Parece normal que un niño o niña duerma en la calle, trabaje en la basura y camine por los semáforos pidiendo ayuda a los demás. ¿Cómo sucedió esto? ¿Qué necesitamos para despabilar y pedir a gritos una acción urgente planificada e integral que atienda como prioridad absoluta a los menores de edad?

Hay diversos problemas en la Argentina pero ninguno de mayor urgencia que la pobreza infantil. Las leyes los protegen pero no se cumplen. La Ley de Protección de los derechos del niño, 26.601 garantiza sus derechos. La Ley de Educación Nacional 26.206 lo hace de igual manera con el derecho humano a la Educación y privilegia a los más vulnerables, pero en ambos casos sus disposiciones no se respetan y no se ven fiscales activos que hagan valer los derechos conculcados. Pues bien, debemos hacer algo distinto. Los planes sociales han demostrado que la situación estructural no cambia. La Asignación Universal por Hijo, contra el certificado de la escuela, ha sido una medida paliativa y correcta como primer remedio pero no sana la causa de la dolencia. Su efecto es proporcional al del ibuprofeno frente a la fiebre: puede corregir un dolor de cabeza pero no cura la infección.

Es hora de cambios profundos. Los planes sociales sin duda ayudan pero no construyen futuro. Es por eso que la mejor medida de fondo para cambiar la situación debe venir liderada por el Derecho de Aprender. Solo un plan de emergencia que haga foco en real aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes desde el nivel inicial al egreso del secundario puede ser el “salvavidas” de esta tragedia.

No será sola la educación la que revierta este problema. Hay muchas medidas y trabajos conexos que deben operar en forma conjunta pero el Informe de Seguimiento de la Educación en el mundo (UNESCO Junio de 2017) tiene dicho en forma categórica: “si todos los adultos cursasen enteramente los estudios de enseñanza secundaria, la tasa de pobreza mundial disminuiría en más de la mitad”. Pues en Argentina tenemos millones de menores que no terminan el ciclo obligatorio (solo lo termina en forma un 46%) lo que configura una enorme deuda educativa del país (ver Informe de Progreso Educativo 2018, web de Educar2050).

Llevar adelante medidas de emergencia que aseguren el cumplimiento del derecho de aprender y que se unan en un Plan Extraordinario de acción conjunta contra la Pobreza, conformando un equipo con especialistas de Educación, Salud, Desarrollo Social, Trabajo y otros profesionales puede ser el comienzo de una solución de fondo para el futuro de la niñez de nuestro país y para saldar la mayor deuda de su historia: la actual pobreza e ignorancia de sus menores de edad.