Motivos para celebrar los 450 años de la Biblia del Oso

Motivos para celebrar los 450 años de la Biblia del Oso

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Facsímil de la Biblia del Oso

Casiodoro de Reina y su traducción destacan en la historia continua que es Hechos 29. Con su obra nos hizo ser partícipes del Pentecostés; y es una joya de la literatura en español. 

¿Por qué celebrar que se cumplen 450 años de la Biblia del Oso? Así me han cuestionado distintas personas y en diferentes lugares cuando animo a conmemorar la publicación de la primera Biblia en castellano hace cuatro siglos y medio. Intentaré dar aquí algunas razones de porqué hacerlo.

En primer lugar, la Biblia contiene libros llamados históricos. En el caso del Nuevo Testamento la sección conocida como Hechos de los Apóstoles narra la diseminación de la fe cristiana desde Jerusalén hasta Roma. En este tránsito acontecieron muchas historias personales y colectivas que el autor narra magistralmente. Entonces, he argumentado cuando me preguntan sobre mi afán de historiador acerca de, entre otos temas, los orígenes del protestantismo mexicano, que me dedico a intentar contar historias sucedidas en Hechos 29.

El libro de los Hechos, es bien sabido, está compuesto por 28 capítulos. El último de los cuales contiene un final abierto, refiere que Pablo estaba en Roma bajo arresto domicialiario y en esta condición “permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento” (Reina-Valera 1960). Todo lo posterior a este capítulo, es decir la historia del pueblo cristiano, es Hechos 29. Porque la fe cristiana desde el siglo primero ha continuado y tiene expresiones hoy que dan cuenta de distintas facetas que ilustran avances y retrocesos, heroicidad y traiciones, triunfos y fracasos, sacrificio y vanagloria, servicio y abusos. Y las comunidades cristianas tienen tras de sí este legado multifacético, conocerlo y evaluarlo es tarea importante para la conformación de la identidad y misión de hombres y mujeres en la búsqueda de encarnar el Evangelio.

La de Casiodoro de Reina y su traducción de la Biblia es una historia fascinante y aleccionadora. Bajo persecución se dio a la tarea de trasladar a palabras castellanas el Antiguo y el Nuevo Testamento. Si se le juzga por los resultados que él vio de sus labores como traductor, tal vez se podría concluir que la suya fue una causa perdida, pero como bien escribió Stefan Zweig sobre otro personaje “perdedor” del siglo XVI, “incluso como vencidos, los derrotados, los que con sus ideales intemporales se adelantaron a su época, cumplieron con su misión, pues una idea está viva en la tierra con sólo ganar testigos y adeptos que vivan y mueran por ella. Desde el punto de vista del espíritu, las palabras victoria y derrota adquieren un significado distinto”. La historia de Casiodoro de Reina es parte memorable de Hechos 29.

En segundo lugar, con su traducción de la Biblia el pueblo de habla castellana escucha en su propia lengua el mensaje de Dios. Así el pueblo hispanoamericano es incorporado al Pentecostés siglos después a lo narrado en Hechos 2, cuando irrumpió el Espíritu Santo y desbordó las barreras idiomáticas. En aquél día la atemorizada comunidad fue capacitada para comunicar en distintos idiomas el significado del ministerio reconciliatorio de Jesús el Cristo, de tal manera que los oyentes del mensaje quedaron atónitos: “¿No son galileos todos los que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oímos expresarse en nuestro propio idioma nativo?  Entre nosotros hay partos, medos y elamitas; los hay que residen en Mesopotamia, en Judea y Capadocia, en el Ponto, en la provincia de Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en la región de Libia que limita con Cirene; hay visitantes romanos, hay judíos y prosélitos, cretenses y árabes. Pues bien, todos y cada uno los oímos referir en nuestro propio idioma, las cosas portentosas de Dios” (Hechos 2:7-11, La Palabra).

De acuerdo con lo sucedido en Pentecostés no hay una lengua sagrada y en la que exclusivamente deba transmitirse el mensaje de la Revelación. Por el contrario, todos los idiomas son sagrados y en cada uno de ellos es posible la comunicación de lo contenido en las Escrituras. Esta es una característica que distingue a la Biblia y la singulariza. El recién fallecido Lamin Sanneh destacó el principio de traducibilidad de la Biblia, que la hace asequible a los más variados tiempos y diversas culturas que se apropian de ella y la resignifican en sus contextos. De Sanneh es aleccionador en este tópico su Translatig the Message: The Missionary Impact on Culture, Orbis Books, Maryknoll, New York, segunda edición, 2009.

Como bien lo ha señalado José Luis Andavert al explicar el proyecto que desembocó en la traducción de la Biblia conocida como La Palabra: “Poco después de su nacimiento, el cristianismo comienza a ser ‘traducido’ pues tiene vocación universal. En primer lugar, de los judíos llega a los ‘gentiles’ (de lo que dan testimonio las mismas Escrituras), se difunde por el imperio romano y traspasa fronteras. En este proceso se va traduciendo y cala por dondequiera que pasa, a pesar de todas las distancias: temporales y espaciales, lingüísticas y culturales. Es que el Dios cristiano que se hace presente en la persona de Jesucristo, se ‘traduce’ a toda persona y lugar, porque se identifica con la realidad más profunda de todo ser humano, sin distingos de ninguna clase y sin perder, en ese proceso, la esencia del mensaje divino”.

La traducción de Casiodoro de Reina nos tradujo a los iberoamericanos, como dice Hechos 2:11, “en nuestro propio idioma, las cosas portentosas de Dios”. En esta gran tarea Reina tuvo antecesores que tradujeron secciones de la Biblia al castellano y le allanaron el camino: Juan de Valdés (Evangelio de Mateo, cartas de Pablo y Salmos), Francisco de Enzinas (Job, Salmos y Proverbios, Nuevo Testamento de 1543), y Juan Pérez de Pineda (Nuevo Testamento de 1556). Correspondió a Reina completar un anhelo que otros no pudieron consumar, ver publicada la Biblia en castellano y con la esperanza que ella hiciese manifiestos “los misterios de la verdadera religión”, como escribió en la presentación de la Biblia del Oso. Éstos misterios, explicaba Reina, “quieren ser vistos y entendidos de todos, porque son luz y verdad; y porque siendo ordenados para la salud de todos, el primer grado para alcanzarla [la verdadera religión] necesariamente es conocerlos”.

En tercer lugar, la Biblia del Oso es una joya del idioma español, que a diferencia de la traducción alemana de Lutero y la inglesa King James Bible, no dejó improntas profundas en la literatura y la cultura hispánicas porque las fuerzas inquisitoriales impidieron su amplia circulación.

Acerca de la altura literaria de la Biblia del Oso el escritor español Antonio Muñoz Molina ha expresado amplios elogios: “Casiodoro de Reina escribe en un castellano prodigioso que está en el punto intermedio entre Fernando de Rojas y Cervantes, con una efervescencia expresiva que solo tiene comparación con santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Luis de León. Es una lengua poseída por la misma capacidad de crudeza terrenal y altos vuelos literarios de La Celestina; un castellano mudéjar, empapado todavía de árabe y de hebreo, forzado en sus límites sintácticos para adaptarse a las cadencias y las repeticiones y las exageraciones de la lengua bíblica. Es una lengua de campesinos, de hortelanos, de trabajadores manuales, con una precisión magnífica en los nombres de las cosas naturales y los oficios; y también es una lengua todavía muy descarada, muy sensual, no sometida a la monotonía sofocante de la ortodoxia, a la esterilización dictada por el miedo, a la hipocresía de la conformidad. Es una lengua para ser recitada, entonada, cantada en voz alta; para expresar la furia tan desatadamente como el deseo erótico; y también las negruras de la pesadumbre y los extremos del dolor. Traducidos por Casiodoro de Reina, el libro de Job o el Eclesiastés son, sin la menor duda, dos de las obras máximas de la poesía y de la sabiduría en español. Y el Cantar de los Cantares tiene una caudalosa alegría erótica para la que no creo que exista comparación en nuestro idioma”.

A semejanza de lo expresado por Muñoz Molina sobre la prodigiosa traducción de Reina, el escritor mexicano David Toscana muestra su predilección por la Biblia del Oso, revisada por Cipriano de Valera y publicada en 1602. Cabe mencionar que en ésta última Valera hizo pocos cambios y adecuaciones por lo que su revisión, afirma el especialista Carlos Gilly, está mal llamarla “Biblia de Cipriano de Valera (Ámsterdam 1602)”, porque en ella “el nuevo editor se limitó a cambiar el orden de los libros y a añadir o quitar notas marginales, con alteraciones cuantitativamente mínimas del texto bíblico fijado por el primer traductor [Casiodoro de Reina], cuyo nombre viene además ostentosamente silenciado en la portada”.

David Toscana es devoto de la Biblia del Oso reeditada en 1602: “Mi inclinación por el Siglo de Oro hace que prefiera por sobre todas las Biblias la Reina–Valera de 1602. Por esas fechas en España se hablaba el español de Cervantes, Quevedo, Góngora y Lope. Tanto Casiodoro de Reina como Cipriano de Valera comprendieron que la palabra de Dios tenía su fuerza en la poesía. O, dicho con fe: Dios era poeta. Un lector contemporáneo puede leer desde el inicio ciertos anacronismos, como decir ‘haz’ en vez de ‘faz’, o un curioso ‘la tierra estaba desadornada’, cuando hoy pensamos en «desordenada». La ortografía está lejos de seguir las reglas de hoy. Tenemos ‘vazia’ por ‘vacía’, ‘dixo’ por ‘dijo’ y los ejemplos son masivos. ¿Eso estorba? Al contrario, tal lenguaje le da al texto la autoridad de un clásico que ha sobrevivido los siglos, le da su tono de texto sagrado, le da su dosis de verdad, pues nada es tan verdadero como lo bello”.

Porque, entre otras razones, Casiodoro de Reina y su traducción destacan en la historia continua que es Hechos 29, porque con su obra nos hizo ser partícipes del Pentecostés y por ser una joya de la literatura en español, tenemos válidos motivos para celebrar los 450 años de la Biblia del Oso